Ombú

Esta es una historia que escribí hace mucho. Uno de mis primeros intentos literarios documentales de mi infancia. Es notable como el tiempo le cambia la perspectiva a los relatos de vivencias donde los malos terminan no siendo tan malos ni los buenos tan buenos.

Soy el hijo menor de 3 y con mis hermanos guardo una distancia de 8 y 9 años respectivamente. Mi viejo segun me cuentan fue bastande distante con mis hermanos mayores pero conmigo tuvo un poco de onda durante mi niñez, supongo porque lo encontré un poco mas maduro, que se yo.

La vez anterior que escribi esta historia la recordaba como "todos los domingos despues de almorzar" pero en realidad solo paso dos veces.

Mi viejo me invito a dar un paseo hasta el ombú para bajar la comida. En el trayecto me contó un par de historias, como la fabula de los perros que pierden su nariz y que pasan su vida entera buscando la propia entre los otros perros, o esa vez que cuando él era muy chiquito encontro un billete de 100 pesos, se lo llevo a la mamá y le compró una camisa blanca que cuidaba como un tesoro.

Ese domingo llegamos al ombú y supongo que le volvio a la mente algun recuerdo de su niñez, y me quiso enseñar a escalar el arbusto. Ahora sé que los ombues tienen esas ramas tremendas y huecas con una textura muy resbaladiza, casi lustradas que son peligrosas de escalar.

Se subió con dificultad. Recuerdo con mucha nitidez el momento en que sentí que estaba haciendo un esfuerzo tremendo para llegar a una rama mas alta. Desde arriba me indico que eso era algo peligroso que él lo hizo de pequeño cuando era mas ágil y liviano sobre todo. Creo que recuerdo a mi viejo de entonces siempre con un poco de panza y siempre entre 40 y 42 años, no más. Nunca se enteró que algun tiempo despues seguí sus pasos. Trepaba las paredes del barrio que tenian ladrillo a la vista, alambrados y portones, y sobre todo trepaba una estructura de caño del parque donde estaban los aros y trapecios. Subia por un extremo hasta el caño superior, avanzaba sentado sobre el caño hasta las cadenas del trapecio y luego bajaba trepando hasta sentarme para hamacarme al fin. La ultima vez que hice eso tendria unos 11 años.

Mi viejo desde arriba me señaló donde pisar para que las ramas no se quebraran y luego de recobrar el aliento se dispuso a bajar. No recuerdo con exactitud la secuencia pero sé que dió el primer paso y se resbaló, perdió el equilibrio, rebotó primero en una rama y fue derecho al piso. Quedo tumbado boca abajo con el abdomen sobre una raíz saliente del ombú, de esas que forman como paredes ondulantes de madera desde el tronco.

Me paralicé. No pude hacer nada. Por un instante cruzó por mi mente preguntarle -¿Te caiste? pero por suerte no pude decir nada tampoco.

Lo observé levantarse despacio, tenia un raspon que sangraba en la frente, pero creo que donde mas lo acompañé en el dolor fue ese tremendo golpe en la panza. Yo sabía que se sentía.

Alguna vez quise cancherear a un vecinito de mi edad del departamento 80, esa familia que tenia 12 hijos. Yo era un tipico nene de mamá y la ligué como corresponde. Solo hizo falta un buen puñetazo en la boca del estomago, la risa de uno de sus hermanos, tratar de correrlo sin alcanzarlo y la humillacion llegó sola. Poco tiempo despues nos hicimos grandes amigos, pero no esa tarde de domingo que mi viejo se ponia de pié frente a mí dolorido mientras me decia con una media sonrisa: -¿Ves? Así es como NO se debe bajar.

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